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Ratzinger, reo de pesimismo

Entre las obras de misericordia espirituales, hay una que se refiere al consuelo“Consolar al triste” es algo de lo cual ningún cristiano puede creerse eximido, sobre todo teniendo en cuenta que transitamos por un valle de lágrimas, y que por exitosa que parezca una vida, siempre se alza en algún tramo del camino una gloriosa Cruz, que deja huella indeleble, y que requiere asimismo de Cirineos. Ahora bien, resulta que cuando uno sufre algún quebranto, es bastante previsible –y sano- que éste se traduzca en lágrimas, lamentos y por qué no, quejas. El justo y el pecador pueden legítimamente lamentarse…

Pero reconozcámoslo: la queja del prójimo no suele ser nunca cómoda, ni oportuna, ni políticamente correcta. La queja es siempre algo muy molesto para los que no la profieren..¡si hasta los discípulos instaban al Señor para hacer callar a la mujer cananea (Mt 15,21-28)! Y siempre valen mil excusas para ello, sin importar la índole del dolor: no está bien visto quejarse, no por cuestiones ascéticas, sino “sociales”. ¿Y cómo habremos de consolar si acallamos el clamor del desconsuelo? 

Pues aunque nadie pueda comparar su dolor al del Cordero Inmaculado, que sufrió en perfecto silencio, y aunque San Luis M. de Montfort reprende a los Amigos de la Cruz las quejas pusilánimes, Dios sabe sin embargo compadecerse siempre de la debilidad de sus hijos, que a quienes no sólo les cuesta sufrir las propias llagas, sino las de nuestra Madre, la Iglesia: a este dolor no podemos “acostumbrarnos”. Y quienes lo sufren realmente, no atinan sino a la manifestación insistente de su intenso dolor, en busca de compasión y consuelo. ¿A qué nos referimos, si no, cuando decimos que tal o cual pecado “clama al Cielo”? ¿No es la oración de súplica una muestra cabal de nuestra más profunda indigencia? ¿Y entre los hijos de Dios, podemos en conciencia acallar esas quejas y mirar para otro lado “siguiendo la fiesta”, cuando en tantos sitios se burla gravemente la ley divina, y no se ofrece ni se insta a suficiente reparación y penitencia?

Dijo, pues, Yahveh: «El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. Ea, voy a bajar personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado hasta mí, y si no, he de saberlo.» (Gen.18,20-21)

Si el propio Dios se ha dignado a escuchar las quejas de su Pueblo,  ¿quién decretará el silenciamiento de las quejas, cuando éstas se refieren al pisoteo de la Ley de Dios?…

Convengamos que por grandes que sean las cruces y los pecados, nadie podrá quitarnos la alegría profunda de la Redención y del triunfo de Cristo Rey, pero convengamos también que es muy tentador correr un velo de “aquí no pasa nada”, porque si se observa el mal, habrá que poner solución a las causas.payaPlimPlim

Muchos venimos padeciendo hasta el hartazgo una pastoral sobrecargada de globos y serpentinas, donde todo es color de rosa (o de arco iris…) en primavera y lo cierto es que el solo referirnos a los temas “negativos” de nuestra fe, súbitamente enrarece el clima, pues todos saben que ser “aguafiestas” es de pésimo gusto…

A nadie más o menos sano le gusta el llanto ni el rechinar de dientes, y por una cuestión “terapéutica” ante el panorama que nos rodea, todo el que predique sonrisas a botonera andará de parabienes.  El problema es hasta dónde llevamos la risa aparentemente terapéutica y paliativa, cuando ésta llega a ser casi un insulto a la verdad y a la caridad…¡A ver si resulta que el payaso Plim Plim es mejor cristiano que la Mater Dolorosa!

Se me ha renovado cierto escozor por estas cuestiones a la luz del aplauso que cosecha por ejemplo en algunos ambientes eclesiales un tal psicoterapeuta Noé Salvo Dott especialista en trastornos de ansiedad y depresiones, que sube a internet frases tan profundas como “La confianza en ti es esencial para poder mejorar tu vida!”, y que invariablemente inoculan un pelagianismo muy nocivo para la fe (como todas las herejías). Y lo cierto es que por más pastorales “motivacionales” que haya, si no nos convencemos de que no hay nada más saludable que la Verdad…muy mal andamos y acabamos. Y así hay un gran número de nuestros hermanos que viven engañados, adormecidos, creyendo que jugando al avestruz, todo se resuelve y sobrelleva. ¿Cómo edificar entonces una genuina comunión, si no lloramos los mismos dolores, ni celebramos las mismas alegrías…?

Providencialmente, como respuesta, hace unos días me topé con unos párrafos del entonces Card. Ratzinger que vienen como anillo al dedo para ilustrar el tema, por lo cual lo comparto con nuestros lectores.

Ratzinger“En la primera mitad de los años setenta, un amigo de nuestro grupo hizo un viaje a Holanda. Allí la Iglesia siempre estaba dando que hablar, vista por unos como la imagen y la esperanza de una Iglesia mejor para el mañana y por otros como un síntoma de decadencia, lógica consecuencia de la actitud asumida. Con cierta curiosidad esperábamos el relato que nuestro amigo hiciera a su vuelta. Como era un hombre leal y un preciso observador, nos habló de todos los fenómenos de la descomposición de los que ya habíamos oído algo: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y religiosas que en grupo dan la espalda a su propia vocación, desaparición de la confesión, dramática caída de la frecuencia en la práctica dominical, etc., etc.  Por supuesto nos describió también las experiencias y novedades que no podían, a decir verdad, cambiar ninguno de los signos de decadencia, más bien la reafirmaban.

“La verdadera sorpresa del relato fue, sin embargo, la valoración final: a pesar de todo, una Iglesia grande, porque en ninguna parte se observaba pesimismo, todos iban al encuentro del futuro llenos de optimismo. El fenómeno del optimismo general hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción; era suficiente para compensar todo lo negativo”.

“Yo hice mis reflexiones particulares en silencio. ¿Qué se habría dicho de un hombre de negocios que escribe siempre cifras en rojo, pero que en lugar de reconocer sus pérdidas, de buscar las razones y de oponerse con valentía, se presenta ante sus acreedores únicamente con optimismo?` ¿Qué habría que pensar de la exaltación de un optimismo, simplemente contrario a la realidad? Intenté llegar al fondo de la cuestión y examiné diversas hipótesis. El optimismo podía ser sencillamente una cobertura, detrás de la que se escondiera precisamente la desesperación, intentando superarla de esa forma. Pero podía tratarse de algo peor: este optimismo metódico venía producido por quienes  deseaban la destrucción de la vieja Iglesia y, con la excusa de la reforma, querían construir una Iglesia completamente distinta, a su gusto, pero que no podían empezarla para no descubrir demasiado pronto sus intenciones.Entonces el optimismo público era una especie de tranquilizante para los fieles, con el fin de crear el clima adecuado para deshacer, posiblemente en paz, la misma Iglesia, y conquistar  así el dominio sobre ella.

“El fenómeno del optimismo tendría por tanto dos caras: por una parte supondría la felicidad de la confianza, aunque más bien la ceguera de los fieles, que se dejan calmar con buenas palabras; por otra existiría una estrategia consciente para un cambio en la Iglesia, en la que ninguna otra voluntad superior -voluntad de Dios- nos molestara, inquietando nuestras conciencias, y nuestra propia voluntad tendría la última palabra. El optimismo sería finalmente la forma de liberarse de la pretensión, ya amarga pretensión, del Dios vivo sobre nuestra  vida. Este optimismo del orgullo, de la apostasía, se habría servido del optimismo  ingenuo, mas aún, lo habría alimentado, como si este optimismo no fuera sino esperanza cierta del cristiano, la divina virtud de la esperanza, cuando en realidad era una parodia de la fe y de la esperanza”.

“Reflexioné igualmente sobre otra hipótesis. Era posible que un optimismo similar fuera sencillamente una variante de la perenne fe liberal en el progreso el sustituto burgués de la esperanza perdida de la fe. Llegué incluso a concluir que todos estos componentes trabajaban conjuntamente, sin que se pudiera fácilmente decidir cuál de ellos, cuándo y dónde predominaba sobre los otros”. (…)

“Mi trabajo me llevó a ocuparme del pensamiento de Ernst Bloch (…) Para Bloch el optimismo es la forma y la expresión de la fe en la historia, y por tanto es necesario, para una persona que quiera servir a la liberación, para la evocación revolucionaria del hombre nuevo”. “Mientras leía a Bloch pensaba que el optimismo es la virtud teológica de un Dios nuevo y de una nueva religión, la virtud de la historia divinizada, de una historia de Dios, del gran dios de las ideologías modernas y de sus promesas. (…). En la nueva religión el pesimismo es el pecado de todos los pecados, y la duda ante el optimismo, ante el progreso y la utopía, es un asalto frontal al espíritu de la edad moderna, es el ataque a su credo fundamental sobre el que se fundamenta su seguridad, que por otra parte está continuamente amenazada por la debilidad de aquella divinidad ilusoria que es la historia“.

“Todo esto me vino a la mente de nuevo cuando saltó el debate sobre mi libro Informe sobre la fe, publicado en 1985. El grito de oposición que se levantó contra ese libro sin pretensiones, culminaba con una acusación: es un libro pesimista. En algún lugar se intentó incluso prohibir la venta, porque una herejía de este calibre sencillamente no podía ser tolerada. Los detentadores del poder de la opinión pusieron el libro en el Índice. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe peor pecado contra el espíritu de la época que convertirse en reo de una falta de optimismo. La cuestión no era: ¿es verdad o no lo que afirma?, ¿los diagnósticos son justos o no? Pude constatar que nadie se preocupaba en formular tales cuestiones fuera de moda. El criterio era muy simple: o hay optimismo o no, y frente a este criterio mi libro era, sin duda, una frustración” (…).

“¿Por qué digo todo esto? Creo que es posible comprender la verdadera esencia de la esperanza cristiana y revivirla, únicamente si se mira a la cara a las imitaciones deformadoras que intentan insinuarse por todas partes. La grandeza y la razón de la esperanza cristiana vienen a la luz sólo cuando nos liberamos del falso esplendor de sus imitaciones profanas”. (Ratzinger, J.: Mirar a Cristo, EDICEP, Valencia, 2005, p.45-55)

Que Nuestra Señora, Causa de nuestra alegría, nos libre hoy y siempre de todas las falsificaciones de las virtudes cristianas.

Fuente: http://infocatolica.com/blog/caritas.php/1708190219-174-sobre-el-optimismo-ideolo

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