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Por qué mi perro es (ligeramente) mejor que cualquier candidato

Analizando la oferta electoral para las elecciones del domingo, volví sobre una idea que me asalta en cada elección: “mi perro es mejor que cualquiera de estos”. Lo que notable, es que me di cuenta que esa superioridad no es tan grande como cualquier persona bien pensante podría suponer inicialmente. Comparemos algunos importantes:

Corruptibilidad: desde luego, mi perro no tiene ningún interés por el dinero (seguramente algo que comparte con otros de su especie), lo cual es deseable en cualquiera que maneje fondos ajenos. Lamentablemente, tampoco sabe contar, lo cual, lo hace inútil a tales fines. Según el precepto de que es preferible un malvado a un idiota, el humano, aunque corrupto, sería preferible. Además, es claro que mi perro otorgaría contratos públicos a cualquiera que lo rasque un poco. Punto para el político humano.

Retórica: los ladridos de mi perro son insoportables, pero dado que en general está en silencio y se lo puede sobornar con comida o algún juguete, este punto va para él. Además, la capacidad retórica de los políticos ha decaído hasta el nivel del trapito analfabeto y crónicamente drogado que solicita “do pe pa la birra”, con el agravante que un político no solicita “do pe”, sino que es infinitamente más caro y no puede sobornarse por un plato de alimento balanceado (en general, asumo que hay excepciones, como en todo campo -me refiero a lo del alimento).

Continuidad/molestia en el tiempo: cualquiera que tenga un perro lo sabe, no dejan de ladrar, pedir jugar ni comer. Todos los días, varias veces por día exigen la atención. El político promedio, sólo la demanda en época electoral. Nos aburre con su insulsa o exasperante presencia en medios, pero luego tienen la decencia de desaparecer y no molestar. Hacer sus propios negocios con dinero público es una ocupación que es mejor realizar en la confortable oscuridad de los pasillos de las oficinas públicas. Aquí, de nuevo, un punto para el humano.

Costo de mantenimiento: aquí no hay comparación posible. Un perro cuesta de por vida menos de lo que cuesta un niño pequeño, dependiendo del peso del animal, no consumen tanta comida, y fuera de algún ocasional juguete y el espacio que necesitan para correr (que puede terciarizarse a espacios públicos) no hay mayores gastos (en general el costo en veterinarias es mínimo). Nuestra clase política, entre costos directos e indirectos, nos cuesta entre el 50 y el 70% de nuestros ingresos (sin contar la deuda pública, que también debiera contarse aquí). Punto a favor de mi perro.

Cuestiones estéticas: desde la irrupción del peronismo en la argentina, y por consiguiente de la mujer en la vida política, este movimiento nos ha castigado con cada vez más horroríficas figuras femeninas en medios de comunicación. Evita, al menos, tuvo la delicadeza de morir joven… hoy, por el contrario, debemos sufrir el espectáculo infernal del rostro de vejez, maldad y locura de Cristina. Es cierto que las mujeres del PRO, que son niñas bien y por tanto, rubias, arias, y corresponden al canon de belleza Occidental, son un contrapeso positivo aquí, pero de cualquier modo, mi perro habla menos.

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