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Amoris Laetitia y la destrucción de la doctrina #moral de la #Iglesia Católica

En un nuevo documento el autor aborda una pregunta fundamental: Si una conclusión lógica clave derivada de Amoris Laetitia derribará toda la doctrina moral de la Iglesia.

Nota del editor: en junio de 2016 Josef Seifert, un famoso filósofo austriaco y amigo del Papa Juan Pablo II escribió un artículo, en un periódico alemán, llamado «Las lágrimas de Jesús a causa de la Amoris Laetitia». En este artículo, él (Seifert) compara las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio con aquéllas halladas en la exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco.

Seifert llega a esta inevitable conclusión, «¿Cómo pueden Jesús y su Santísima Madre leer y comparar estas palabras del Papa con las de Jesús y su Iglesia sin llorar? Por lo tanto, ¡lloremos con Jesús, con profundo respeto y afecto por el Papa, y con una profunda pena que surge de la obligación de sacar a la luz sus errores¡».

Ahora en un nuevo documento publicado bajo licencia abierta para que pueda ser a su vez publicado por cualquiera y en cualquier lugar, Seifert aborda una pregunta más amplia: Si una conclusión lógica clave derivada de Amoris Laetitia derribará toda la doctrina moral de la Iglesia

Resumen

«La pregunta del título de este artículo se dirige al Papa Francisco y a todos los cardenales, obispos, filósofos y teólogos católicos. Trata de una duda (dubium) sobre una consecuencia puramente lógica derivada  de una afirmación en Amoris Laetitia y termina con una súplica al Papa Francisco para que retire al menos una afirmación de la AL, si la pregunta del título de este pequeño ensayo se contesta afirmativamente, y si en realidad de esta afirmación en AL , solo la pura lógica, usando premisas evidentes, puede deducir la destrucción de toda la enseñanza moral católica. En un estilo socrático el artículo deja en manos del Papa Francisco y otros lectores contestar a la pregunta y proponer sus propias respuestas».

Contenido

Amoris Laetitia ha creado, sin lugar a dudas, mucha incertidumbre y evocado interpretaciones opuestas en todo el mundo católico. No deseo presentar aquí toda la controversia ni repetir – o desarrollar aún  más – la postura que he defendido sobre esta materia en artículos previos (ver Josef Seifert, “Amoris Laetitia. Alegría, tristeza, esperanzas”) aunque podría hacerlo como una respuesta a algunos comentarios críticos que he recibido de mi amigo personal Buttiglione, con el cual estoy de acuerdo en la mayoría de otras materias filosóficas y en otros temas.

Hay una sola afirmación en AL, sin embargo, que no tiene nada que ver con un reconocimiento de los derechos de una conciencia moral subjetiva, respecto a la que Rocco Buttiglione intenta demostrar la total armonía entre el magisterio moral de San Juan Pablo II y el Papa Francisco, en contra de Robert Spaemann y otras afirmaciones  que hablan de una clara ruptura entre ellos. Buttiglione argumenta que teniendo en cuenta sus enseñanzas dispares sobre disciplina sacramental, el Papa Juan Pablo II tiene razón si uno considera solamente el contenido objetivo de los actos humanos, mientras que el Papa Francisco la tiene cuando cada uno concede, después del debido discernimiento, su papel y reconocimiento adecuados a los factores subjetivos y a las condiciones excluyentes del pecado moral (conocimiento imperfecto y una debilidad en el libre albedrío).

La afirmación de AL sobre la que quiero profundizar aquí, sin embargo, no apela a la conciencia subjetiva en absoluto, sino que sostiene que una voluntad divina totalmente objetiva nos permite realizar, en ciertas situaciones, actos que son intrínsecamente malos, y que han sido siempre considerados como tales por la Iglesia. Ya que Dios ciertamente no puede carecer de conocimiento ético, ni tener una «conciencia errónea» ni una debilidad en el libre albedrío, este texto no «defiende los derechos de la subjetividad humana» como Buttiglione declara, sino que parece afirmar claramente que estos actos intrínsecamente desordenados y objetiva y gravemente pecaminosos, como Buttiglione admite, pueden ser permitidos, o incluso, pueden ser objetivamente ordenados por Dios. Si esto es lo que realmente AL dice, todas las alarmas sobre las afirmaciones directas en AL, concernientes a los asuntos sobre cambios de la disciplina sacramental (permitir, después del debido discernimiento, a adúlteros, homosexuales activos, y otras parejas en situación parecidas, acceder a los sacramentos de la confesión y eucaristía, y lógicamente, también al bautismo, confirmación y matrimonio sin voluntad ninguna de cambiar sus vidas ni de convivir en una total abstinencia sexual, tal como pedía el Papa Juan Pablo II en Familiaris Consortio a las parejas en tales «situaciones irregulares») solo son la punta del iceberg, el débil principio de una avalancha o uno de los primeros edificios destruidos por una bomba atómica teológica moral que amenaza con demoler completamente el edificio moral de los Diez Mandamientos y la enseñanza moral católica.

En este artículo, sin embargo, no diré que éste es el caso. Por el contrario, dejaré enteramente en las manos del Papa o cualquier otro lector la respuesta a la pregunta de si hay o no al menos una afirmación en Amoris Laetitia que tenga como consecuencia lógica la destrucción de toda la enseñanza moral católica. Y debo admitir que lo que he leído sobre una comisión convocada para «reexaminar» la Humanae Vitae, una encíclica que pone fin, como más tarde la Veritatis Splendor, a décadas de debates éticos y teológicos morales, ha hecho de la pregunta del título de mi ensayo una cuestión que me preocupa extremadamente.

Leamos el texto decisivo (AL 303) que el Papa Francisco está aplicando a los casos de los adúlteros u otras «parejas irregulares» que deciden no seguir la exigencia que para ellos hizo el Papa San Juan Pablo II en la encíclica Familiaris Consortio. El Papa Juan Pablo II le dice a estas parejas que o bien se separen totalmente o, si esto es imposible, se abstengan completamente de las relaciones sexuales. El Papa Francisco dice, sin embargo:

«…Pero esa conciencia puede reconocer no solo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo…» (AL 303)

De lo anteriormente dicho, tanto como del texto posterior, queda claro que esta «voluntad de Dios» aquí se refiere a continuar viviendo en lo que constituye objetivamente un pecado mortal. Cfr. por ejemplo, AL 298, nota a pie de página 329:

«…En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir “como hermanos” que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad «puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole…»

En Gaudium et Spes n. 51, de la cual se ha tomado la última cita, la idea se utiliza como una objeción no válida contra el mandato moral de no cometer nunca adulterio o un acto anticonceptivo. En AL se entiende en el sentido explicado anteriormente, como una justificación para seguir cometiendo, objetivamente hablando, pecados mortales incluso como si esa fuera la voluntad objetiva de Dios.

En otras palabras, además de llamar a un estado objetivo de pecado mortal, eufemísticamente, «todavía no plenamente el ideal objetivo», AL dice que podemos saber con «una cierta seguridad moral» que Dios mismo nos pide que continuemos cometiendo actos intrínsecamente malos tales como el adulterio o la homosexualidad activa. Yo pregunto si puede la pura lógica fallar cuando nos preguntamos bajo estas premisas:

Si solo un caso de un acto intrínsecamente inmoral puede ser permitido e incluso querido por Dios, ¿no debe esto aplicarse a todos los actos considerados intrínsecamente malos? Si es cierto que Dios puede querer que una pareja de adúlteros viva en adulterio, ¿no debería entonces también el mandamiento «¡no cometerás adulterio!» ser reformulado: «si en tu situación el adulterio no es el mal menor, ¡no lo cometas! Si lo es, ¡continúa viviendo así!»?

¿No deben eliminarse también los otros nueve mandamientos, la Humanae Vitae, la Evangelium Vitae, y todos los documentos, dogmas o consejos pasados, presentes o futuros de la Iglesia que enseñan la existencia de actos intrínsecamente malos? ¿No es ya intrínsecamente malo usar anticonceptivos y está equivocada la Humanae Vitae que dice sin duda alguna que nunca puede haber ninguna situación moralmente justificable para la anticoncepción, ni mucho menos ordenada por Dios?

Para empezar, ¿no debe entonces, la nueva comisión instituida por el Papa Francisco para la Humanae Vitae, concluir que el uso de anticonceptivos puede ser en algunas ocasiones bueno o, incluso, obligatorio y deseado por Dios? ¿Puede el aborto estar justificado en algunos casos y que sea Dios mismo el que lo está pidiendo, dentro de la complejidad concreta de los límites de cada persona, aunque sin ser el ideal objetivo, como decía Monseñor Fisichella, el entonces presidente de la Academia Pontificia para la Vida?

¿No deben, entonces, desde la pura lógica, considerarse buenas y dignas de alabanza la eutanasia, la asistencia al suicidio o el suicidio mismo, las mentiras, los robos, perjurios, la negación o la traición a Cristo, como la de San Pedro, el asesinato, bajo determinadas circunstancias y después de un debido discernimiento a causa de la complejidad de cada situación concreta (o debido a la falta bien de conocimiento ético o bien de fuerza de voluntad)? ¿No puede, entonces, pedir Dios que un siciliano, que se siente obligado a matar a los miembros inocentes de una familia, cuyo jefe ha asesinado previamente a su vez a un miembro de la suya propia y cuyo hermano asesinaría a cuatro familias si él no mata a uno, seguir adelante con el asesinato, porque su acto es, bajo sus condiciones, «lo que Dios mismo le está pidiendo a él dentro de la complejidad concreta de sus propios límites, aunque no sea el ideal objetivo»? ¿No demanda la lógica pura que nosotros saquemos esta conclusión de esta proposición del Papa Francisco?

Sin embargo, si la pregunta del título debe ser contestada afirmativamente, y creo personalmente que es así, la consecuencia puramente lógica de esa afirmación en Amoris Laetitia parece destruir toda la enseñanza moral de la Iglesia. ¿No debería, por tanto, ser retirada y condenada por el mismo Papa Francisco, quien, sin ninguna duda, aborrece tal consecuencia, la cual, si la pregunta del título debe ser respondida afirmativamente, la lógica pura deduce inevitablemente de la citada afirmación del Papa Francisco?

Por lo tanto, rogaría a nuestro Padre Supremo espiritual en la tierra, «el dulce Cristo en la tierra», como Santa Catalina de Siena llamó a uno de los Papas, bajo cuyo reinado ella vivió aunque lo criticara duramente (si el Papa Francisco está de acuerdo con esta conclusión lógica, y contesta a la pregunta del título de este ensayo afirmativamente) que por favor retire dicha afirmación.

Si sus consecuencias lógicas conducen inevitablemente a nada menos que a la total destrucción de las enseñanzas morales de la Iglesia Católica, ¿no debería «el dulce Cristo en la tierra» retirar esta afirmación? Si dicha tesis lleva como consecuencia lógica convincente al rechazo del hecho de que haya actos que deban ser considerados intrínseca y moralmente malos bajo cualquier circunstancia y en cualquier situación, y si esta aseveración llegara a desvirtuarse, siguiendo la Familiaris Consortio y  la Veritatis Splendor, así como la Humanae Vitae y muchas otras enseñanzas solemnes de la Iglesia, ¿no debería ser revocada? ¿No existen, evidentemente, tales actos que son siempre intrínsecamente malos como hay otros actos, que son siempre intrínsecamente buenos, justificados o deseados por Dios? (Ver Juan Pablo II, Veritatis Splendor. Ver también Josef Seifert, «El esplendor de la verdad y los actos intrínsecamente inmorales: una defensa filosófica del rechazo del proporcionalismo y consecuencialismo en Veritatis Splendor”. En: Studia Philosophiae Christianae UKSW 51 (2015) 3,7-37) Y ¿no deberían todos los cardenales, obispos, sacerdotes, monjes o vírgenes consagradas, y cualquier laico en la Iglesia interesarse intensamente por este problema y unirse a esta súplica apasionada de un humilde laico, un simple profesor de filosofía, y entre otras materias, de lógica?

Josef Seifert

Original publicado en 1P5 

Traducido por Ana María Rodríguez, del equipo de traductores de Infocatólica.

Fuente: http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=30272

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